Un tornillo. Un tornillo de mierda. Todo empezó por un simple tornillo.
Cuando envié a reparar el portátil, me volvió con la carcasa mal montada. Nada grave, no os vayáis a creer, sólo que al cerrarlo se hacía evidente un mal acople en uno de los extremos de la bisagra. Observando con detalle se podía ver cómo un tornillo estaba puesto fuera de su respectivo agujero. Vamos, que los del servicio de reparación de HP se las habían visto negras para ponerlo en su sitio y habían encontrado la aparente solución de hacer un nuevo orificio en la carcasa, cercano al original, para acomodar el tornillo rebelde.
Pero bueno, todo parecía funcionar bien, hasta que un año y pico después los dos agujeros, cansados de estar separados a pesar de estar tan cerca, decidieron unirse. El tornillo seguía cumpliendo su función, que era un tornillo campeón, pero de la unión de los agujeros nació una linda grietecilla que cada día que pasaba, cada vez que abría o cerraba el ordenador, crecía micra a micra.
Finalmente llegó el día en que la grieta entró en su adolescencia, creando los consabidos problemas de convivencia. De vez en cuando tendría un mal día y por el más mínimo roce se excitaría mucho, llegando a sacar de sus casillas al pobre tornillo.
En consecuencia, la pantalla del portátil empezó a ser inestable. Se vencía, se cerraba sin venir a cuento, o se abría en 180º, según le diese a la gravedad, pero siempre el resultado era el mismo, un sonoro golpe. En estas he estado durante un par de meses. Especialmente problemático era usar el ordenador como laptop. Un cambio de postura, teclear con cierta vivacidad, o simplemente una inspiración más profunda de lo permitido y la pantalla se te viene encima. Así que lanzas la mano a parar la caída. Evitas el sonoro golpe, pero no el daño, como pude comprobar el día que ví la grieta aparecer.
Sí, otra grieta, pero no en la bisagra, no, sino en la pantalla. Una fractura en toda regla que, como la otra, no parecía contenta con su tamaño y crecía sin parar. Y a ojos vista. Cada vez que cedía la bisagra y se daba un golpe o frenaba la caída con la mano, veía con preocupación la grieta extenderse.
Finalmente, el pasado domingo, sucedió lo inevitable.
La L en LCD no la ponen por nada.
Primero aparecieron unas estructuras vagamente fractales parecidas a frondes de helechos o, para los más frikis, cromosomas plumosos, de un profundo color azul, como de tinta china. Pequeños derrames que con el tiempo desaparecían como por arte de magia, pero que volvían de nuevo sin previo aviso, tal como se fueron. Abrir y cerrar la pantalla se convirtió en una experiencia única, dominada por una extraña sensación mezcla de pavor y curiosidad. ¿Qué nuevo patrón aparecerá esta vez?
La grieta siguió creciendo y los derrames con ella, hasta llegar a lo que véis en la foto que hice anoche.
Sigo usando mi portátil, qué remedio, pues no tengo otra cosa. Ya os imagináis lo que tengo que hacer para poder leer algo en condiciones. Editar fotos o ver vídeos... mejor ni lo comento.
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