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Día 0: De cómo pasamos 24 horas en aviones y aeropuertos


2007-06-13, 1.26 AM, México DF

24 horas desde que entré por la puerta de la Terminal 1 en Barajas hasta que salimos del aparcamiento del aeropuerto Benito Juárez en Ciudad de México. No exagero, no.

Ya conté la gracia que nos hicieron los de la tarjeta de crédito con el vuelo directo; ahora toca hablar de lo divertido que es volar haciendo escalas. Y de lo mal preparados que están los aeropuertos de NYC.

Previsores que somos, llegamos a Barajas 3 horas antes de la hora prevista de salida del vuelo, a las 8.30. Ni que decir tiene que, como suele ser mi costumbre, no pegué ojo en toda la noche ultimando el equipaje y demás. El caso es que media hora después, tras envolver nuestras mochilas en los plásticos esos para evitar jaleos con tanta correa y hacer la perspectiva cola para facturar, nos comunican los amables azafatos de Delta Airlines que el avión que tenía que llevarnos al JFK va con 6 horas de retraso (acababa de salir de NY) así que iban a cancelar el vuelo y pasar a todos los pasajeros a otros vuelos, bien con Delta escala en Atlanta, bien con Continental Airlines escala en Newark. Nuestra suerte quiso que nos tocara Newark, cambiando de compañía y saliendo 1 hora y media después de lo previsto. A cambio prometían que la escala en NY sería más corta, así que llegaríamos 30 minutos antes a DF. Perdemos la oportunidad de visitar la city, qué se le va a hacer, pero lo importante es que lleguemos esta noche a donde tenemos que llegar.

Pero claro, el avión de Delta venía con tanto retraso por algún motivo, y éste parecía ser el mal tiempo reinante en el área metropolitana de NY. Después de un viaje normalito, si bien no tan cómodo como cuando volamos con Delta la otra vez que fuimos a NY -- esta vez volamos en un avión con un único pasillo en la cabina (3+3 asientos en vez de la cómoda conformación 2+3+2) y con un servicio de catering de inferior calidad, llegamos a la ciudad de los Sopranos a la hora prevista, donde nos recibió un cielo cubierto y esporádicas precipitaciones. Después de completar los trámites de inmigración, aduanas y re-facturación del equipaje (por cierto, si voláis a través de los USA tened en cuenta que aunque la botella de vino de Rioja la hayáis comprado en el duty free del aeropuerto, tendréis que facturarla al hacer escala en yankilandia, diga lo que diga el que os la vendió) llegamos a la puerta de embarque del vuelo a DF para encontrarnos con que lleva 1 hora de retraso prevista.

Shit happens, pero no pasa nada, llegaremos media hora más tarde de lo previsto. Compramos una tarjeta para llamar por teléfono a los cuates que nos van a ir a buscar y decirles los cambios de vuelo y comimos un trozo de pizza, por aquello de seguir la costumbre de comer fast-food al hacer escala en NY. Una vez embarcados y acomodados (es un decir, de nuevo sólo un único pasillo) en nuestros asientos el capitán nos comunica que han cancelado temporalmente todos los vuelos salientes, así que nos toca esperar, que cuando se reaunuden las salidas estamos los decimoquintos. Al parecer se acerca una buena tormenta y las autoridades de Newark no dejan salir a los vuelos con dirección oeste. Nos ponen la primera película (la de travolta y otros 3 que se meten a moteros), mala señal. Continuas interrupciones para decirnos que ora sí, ora no nos dejan salir de aquí. Así, otras 2 horitas. Cuando por fin despegamos es de noche ya (8.45 local, tres menos cuarto de la madrugada según nuestro reloj biológico).

Tras 4 horitas y pico de vuelo (el pico ése fueron 15 minutos volando sobre el mar de luces que es Ciudad de Méjico de noche) por fin aterrizamos en la capital azteca. Inmigración, equipajes, aduana, todo como la seda, todos muy amables y eficientes. La ausencia de colas será cosa de lo tarde que era, pasada ya la medianoche (local, 7 y media indicaba mi reloj), pero a pesar de ello los empleados lucían sonrisas. No como para anuncios de dentífricos, pero desde luego más que los neoyorquinos, y eso que era mediodía. Apretamos el botón amarillo, nos dan luz verde, y enfilamos hacia la salida donde podemos ver dando botes de alegría a nuestros amigos. Los pobres han estado esperando sin saber hasta pasada la hora prevista de llegada que el vuelo venía con tan considerable retraso.

Pero todo ha merecido la pena, estamos aquí, con ellos, y aunque el cansancio es mucho, puede más la emoción de haber llegado al lugar en que comienza de verdad El Gran Viaje. Tener que cruzar el DF en auto se ve compensado con creces por la compañía y por la fenomenal casa en la que nos acogen.

Hora de dormir, que mañana (en realidad hoy) será otro día.


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